Caminant camins de plàstic

El título de esta canción de Antònia Font me viene a la cabeza al día siguiente de la noche de San Juan. Mágica, encantadora, misteriosa y fascinadora. La noche de las brujas, la que en la cultura popular y, en sustitución del 21 de junio, se ha ganado el título de ser la más corta del año. Menos mal. Porque si se celebrara del mismo modo la noche del 21 de diciembre, la más larga, nuestras playas acabarían sepultadas para siempre jamás por el estiércol que, con unas horas más de actividad humana, pasaría de formar una extensa capa plástica a convertirse en montañas de material polimérico. Cordilleras que recibirían, año tras año, la visita de los escaladores más expertos, los cuales, con la indispensable asistencia de oxígeno, intentarían llegar a la cumbre y, así, poder admirar las maravillosas salidas de sol que nos regala nuestro litoral.

Cuesta tan poco recoger los desechos que podemos producir durante una sola noche, que he terminado por convencerme. Ya hacía años que me lo imaginaba: no es cuestión del azar ni de la dejadez de la gente. Ni siquiera del olvido. Tenía que estar muy estudiado. De hecho, estoy segurísimo, lo está. La primera vez que experimenté el estado de las playas al día siguiente de la noche de San Juan, pensé que éramos todos unos maleducados, que no teníamos conciencia y que la causa de nuestra ignorancia era el desinterés generalizado que mostramos respecto a nuestro entorno. Era joven e impulsivo y estaba convencido de que, la evolución de la sociedad, conmutaría nuestra inexplicable indiferencia por un amor incondicional hacia el medio ambiente.
El paso del tiempo y un estudio detallado de la situación ha acabado por abrirme los ojos. Las playas son los emplazamientos turísticos por excelencia en verano, pero, ¿qué pasa en invierno? De esto se trata, de regenerar nuestra economía a través de una mezcla difícil de superar: mar y montaña. ¿Por qué tenemos que escoger? El potencial de esta idea es inigualable. Una vez los montones de estiércol se hayan elevado hasta formar el grupo de ocho miles más extenso del planeta, por delante del Himalaya, las posibilidades serán múltiples e interesantísimas:
  1. Harán falta multitud de sherpas para guiar a los alpinistas por las escarpadas laderas de los nuevos accidentes geográficos.
  2. Se harán túneles para dar acceso a la playa durante el verano. Daremos trabajo, pues, a miles de ciudadanos y, además, relanzaremos el mundo de la construcción, que tan buenos resultados nos ha dado estos años pasados.
  3. Tendremos que mejorar las infraestructuras, para poder absorber el gran aumento de visitantes. Así pues, una vez perfiladas las montañas, no nos tendremos que preocupar por el exceso de residuos, ya que podremos utilizarlos para construir aeropuertos en islas exentas. Si lo hacen los japoneses, ¿por qué no podemos hacerlo nosotros?
  4. Basura en la playa
    Imagen del periódico Levante-EMV

  5. Por supuesto, alrededor de esta idea, crecerán y crecerán los negocios de restauración y los ressorts, que, al mismo tiempo, producirán más desechos para poder mantener las nuevas cordilleras.
  6. Podremos utilizar millones de neumáticos viejos, actualmente acumulados en muchos almacenes, para dar estabilidad a los taludes plásticos. Además, si los quemamos, ayudarán a asustar a las gaviotas que molestarían a los turistas al acudir a picar entre los restos y crearemos una extensa capa contaminante que hará de parasol durante los días más calurosos del verano.
  7. Finalmente, atraeremos a grandes inversores extranjeros, que enterrarán su dinero entre bolsas y más bolsas de plástico, transformándolas en casinos, pistas de esquí y hoteles de lujo que proveerán de trabajo a la mitad de los españoles. En cuanto a la otra mitad, ya tienen bastante con los túneles, aeropuertos y otras cuestiones de gran importancia social.
Por eso, cada año que pasa aumenta la cantidad de basura y nuestros políticos lo tienen muy claro. Dejad de limpiar nuestras playas, el objetivo es dar trabajo y mover la economía. Ya está bien de amor al medio ambiente y al entorno, de educar a la sociedad con unos principios éticos y sostenibles. Por el amor de Dios, ¿no os habéis dado cuenta todavía? Preparemos al alumnado para los futuros desafíos, para continuar echando mierda y encajar de la mejor manera dentro de la sociedad. ¿Queremos o no queremos cambiar la educación? Si en el tema de la roña somos unos expertos mundiales. Si somos unos onanistas de la porquería, unos auténticos sabios. Si consentimos que nos roben, que nos engañen y que se burlen de nosotros. Si se nos cae la baba viendo como el Ministro del Interior, señor Fernández Díaz, hace lo imposible para conservar lo que les queda de Imperio y se lo pagamos con un saco de votos porque nos llena de orgullo y satisfacción. Si explicamos, atemorizados, que a los valencianos nos gustan mucho las fallas y que nos da miedo que nos quitan las procesiones.
Yo quiero otra educación. Por eso, hoy, días después de las elecciones, reniego de mi País Valencià maleducado y lleno de mediocridad. El resto, si queréis, caminad caminos de plástico. Experiencia y capacidad, tenemos para dar y vender.

Imagen portada: Birgit Speulman via Foter.com / CC BY-NC-SA

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