Extraescolares

Aquella noche no pudo dormir. Por el techo, iluminado por la tenue luz de la lamparilla de noche, pasaban, periódicamente, y con una lentitud exacerbante, balones de fútbol, de baloncesto, violines, patines, piscinas, mallas de ballet y profesores nativos de lenguas extranjeras. Boca arriba, incapaz de cerrar los ojos, observaba el desfile mientras, con su mano izquierda, acariciaba la espalda de su compañera, sentada en la cama, con la mirada fija en el montón de panfletos de diferentes actividades que habían ido acumulando encima de la mesita de noche. Ella también estaba destrozada. No podía ser de otro modo; despreciado y rehusado por todas las extraescolares, a su hijo tan sólo le quedaba la posibilidad de convertirse en un marginado social.
El pequeño Martí, con cuatro años, no tenía ninguna aptitud especial. Una situación difícil de soportar si pensamos en la gran experiencia y las grandes habilidades sociales que tenían los otros niños de la clase de infantil. Sabiduría y talento que tan sólo se podía explicar por la gran dosis de conocimientos que les ofrecía la asistencia a las más variadas actividades de las que, absolutamente todos, disfrutaban al acabar su horario escolar. Josep, escribía disertaciones filosóficas y su estudio sobre la Crítica de la Razón Pura de Kant había causado sensación en el Certamen Filosófico de la Universitat de València. Pere, que físicamente no había destacado nunca, se había esforzado mucho durante un par de tardes a la semana y, gracias a los métodos de trabajo de su entrenadora de baloncesto, había sido drafteado en primera ronda por los Chicago Bulls, que veían en él al sustituto que todavía no habían encontrado para Michael Jordan. Por su parte, Maria había pasado, en tan sólo unos meses, de tocar el Teclado Marchoso de Frozen a debutar con el clarinete en el Musikverein de Viena, en el concierto de fin de año. Su hermana gemela Rita, como no tenía aptitudes musicales, había optado por los trabajos manuales y se dedicaba a elaborar violines que, considerados de una calidad similar a los Stradivarius, posteriormente adquirían los coleccionistas en la sala de subastas Christie’s en Londres. A Anna, como no, con excusas para todo, después de apuntarse a un grupo de debate, en las encuestas era la principal candidata a la Presidencia de la Generalitat y, para acabar, Lluís, aficionado a los juegos de construcciones, había diseñado, a raíz de un pedido de un grupo inversor en Dubai, el rascacielos más alto del mundo, preparado para alojar un hotel de lujo.

Fútbol
glennharper via Foter.com / CC BY-SA

Ante todo esto, los padres de Martí, que hacía unos días que había aprendido en qué pie iba cada zapato y que no tenía ninguna afición especial, salvo llenarse los bolsillos con gravilla del patio de la escuela, habían decidido que su hijo también tendría que asistir a alguna actividad extraescolar. Lo primero que probó fue la natación, pero los monitores, al ver que Martí era incapaz de hacer dos largos seguidos sin la ayuda de unos manguitos y que no se atrevía a hacer ni siquiera un salto carpado desde la plataforma a diez metros, comentaron a los padres que sería mejor que lo borraran de esta disciplina. Después de este primer disgusto, optaron por los idiomas, pero el pobre Martí, que en el momento de hacer la entrevista estaba pensando en la aspiradora de insectos que le había traído Papá Noel, fue incapaz de mantener una conversación ni en francés, ni en inglés, ni siquiera en chino, por lo que no pasó la prueba de acceso. Por supuesto, pruebas hizo muchas más, e incluso sus padres intentaron apuntarlo a un curso de Como convertirse en hombre orquesta en tan sólo cinco meses, pero la descoordinación que mostraba su hijo lo hacía incapaz de soplar la armónica y tocar el bombo al mismo tiempo, por lo que desesperaba el maestro que, sin ningún tipo de acierto, intentaba enseñar a Martí los secretos del movimiento para hacer sonar los platillos con las rodillas.
Finalmente, desesperados, habían llegado a la conclusión de que su hijo era incapaz de asistir a ninguna extraescolar y, mientras el resto de niños y niñas entraban a formar parte de la sociedad, Martí acabaría siendo un inadaptado. Estaba claro que algo habían hecho mal. Cuatro años. Tenía cuatro años y no iba a ninguna extraescolar. Definitivamente habían fracasado como padres y mientras pensaban que aquel mismo verano lo pondrían a trabajar para ver si de esa manera espabilaba, iban pasando las horas en una habitación llena de publicidad de actividades extraescolares.
Cada cual que saque sus conclusiones. En mi casa, como con tantas otras cosas, nos lo tomamos con humor. Cuando teníamos cuatro años, nosotros no asistíamos a ninguna extraescolar. Y aunque parezca mentira, somos personas razonablemente normales. Jugábamos y pensábamos qué hacer. Pensar, ya ves; si los niños lo que necesitan es estar ocupados. Pues si ellos tienen ganas de dar clases de inglés, de natación o de musicología aplicada al amansamiento de fieras, está bien. Pero si quieren ocupar su tiempo pensando qué pueden hacer para divertirse, tampoco va mal. Al fin y al cabo, después de pasar ocho horas de su tiempo en la escuela, jugar también tendría que ser un objetivo.

Imagen portada: Au Kirk via Foter.com / CC BY

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