Magnolios y redes sociales

Los magnolios son unos árboles preciosos, originarios del sudeste de los Estados Unidos, que pueden pasar de los treinta metros de altura. Con una copa densa y hojas perennes y grandes, de un color verde vivo, son sus bellas flores su elemento más llamativo. Vistosísimas y de un tamaño de entre veinte y veinticinco centímetros, su intenso aroma y su color blanco cremoso han adornado jardines públicos y privados desde hace centenares de años. Increíblemente longeva y robusta, esta especie, una de las más antiguas que existen sobre la tierra, siempre ha sido vinculada con la fortaleza.

Hasta ahora no he descubierto nada nuevo. Bueno, quizás si. Pero supongo que no a los habitantes de mi zona, donde la presencia de este árbol se puede admirar en parques, campos y huertos donde, la burguesía que se consolidó con el esplendor de la naranja, los emplazaba siempre en uno de los lugares principales de sus magníficos vergeles. Lo que también tenéis que saber, es que el magnolio es un árbol que hace feliz. Al menos, a mí me llena de felicidad. Y es una cosa tan sencilla, tan simple y, a la vez, tan visceral, como su vínculo con mi niñez y mis ancestros.
El magnolio del huerto donde mi abuelo y mis tíos trabajaban de jornaleros, es el encanto y la gracia. El atractivo de los recuerdos preciosos de un niño, marcados por aquel árbol que, situado al final del camino de entrada al huerto antiguamente conocido como de Cucó, indicaba el inicio de un mundo de juegos y de goce infinitos. Aquel árbol abría la puerta de un universo de tierra, balsas, caminos, montaña, motores y pozos, de donde manaba un agua cristalina y fresquísima, transportada por una red interminable de acequias, donde me zambullía para aplacar mi sed los calurosos días de verano. Hanegadas de delirio infantil, encantadoramente acompañadas de unas vistas preciosas a uno de los valles más bonitos del término de Carcaixent y de ratos irrepetibles dentro de la casa de los aperos, que mezclaba su ambiente húmedo y terroso con el olor de los almuerzos y las barbaridades que los trabajadores se decían, sentados en cajones de naranjas, durante los ratos de merecido descanso.
La familiaridad de aquellos momentos, su intimidad, todavía los hace más especiales. Es algo tan mío, que resulta todavía más idílico. Me encanta compartirlo con los míos. Con las personas que refuerzan esta intimidad y que disfrutan cuando se lo cuento, casi tanto como yo al revivir aquellos momentos. Creo que todos los que han tenido la suerte de vivir en una sociedad sin redes sociales me entenderán. Y estoy convencido de que si, hace treinta años hubieran existido facebook o twitter, hubieran ayudado mucho a destrozar mis recuerdos y guardarlos dentro de sacos llenos de artificialidad. No me imagino a mis tíos dirigiéndome junto a la balsa para hacerme fotos con un móvil, ni a los trabajadores almorzando dentro de aquel aposento lleno de herramientas, concentrados con su teléfono en lugar de decirse barbaridades los unos a los otros. No tengo ninguna necesidad de compartir aquellos momentos en las redes. Son míos. Míos y de los míos.

Redes sociales
ignaciotaz via Foter.com / CC BY-NC-SA

Nos falta educación en el funcionamiento de las redes sociales. Herramientas potentísimas para el intercambio de opiniones y de información que, bien utilizadas, pueden representar muchas ventajas, pero que hemos transformado en muestrarios de nuestras vidas, en peceras donde cualquiera puede mirar como nadamos. Si nosotros, los adultos, les damos el uso que les damos, ¿qué podemos esperar que hagan nuestros hijos? ¿Qué uso les darán los adolescentes? No me importa saber que estáis haciendo los demás, ni si os lo estáis pasando bien, ni que habéis comido, ni que estáis haciendo durante vuestras vacaciones y todavía menos cómo son vuestros hijos, si queréis mucho a vuestras mascotas o si estáis tristes porque habéis ido a la playa y ha estado lloviendo. De los míos, todo esto ya lo sé. Y si no lo sé, me lo contarán tranquilamente mientras compartimos algún rato agradable. Estoy convencido de que nos hace falta, a todos, educación que nos ayude a dirigirnos hacia un uso responsable de las redes sociales. Me preocupa muchísimo el uso que harán mis hijos cuando sean mayores y, seguramente, tendríamos que darle la importancia que se merece tanto dentro del ámbito familiar como en los centros escolares.
Si hubiera colgado fotos de aquel magnolio con mis tíos, mi abuelo o con Tom, aquel perro grandísimo, enorme y tan, tan tierno que cuando mis padres me reñían, me defendía gruñendo y enseñando los colmillos como si yo fuera su propio cachorro, no hubiera sido más feliz. Y si hubiera perdido el tiempo miserablemente, mostrando imágenes de mi felicidad en las redes, en lugar de pelar mandarinas para tirárselas al perro y ver como las cogía al vuelo, mi goce hubiera sido engullido por el denso tráfico de datos de las redes. Y ya podríais haber puesto centenares, miles, millones de me gusta, que por muy alimentado que hubiera estado mi ego, nunca, nunca se podrá comparar con el recuerdo del magnolio, la sonrisa de complicidad de mi abuelo mientras nos miraba a mí y a mi primo llenarnos de barro hasta los ojos o la satisfacción de mis padres al recordar aquellos momentos.

Imagen portada: DBduo Photography via Foter.com / CC BY-SA

Comments

  • Saludos y como siempre expreso a todas las personas que conozco en las redes, gracias por exponerse digitalmente y compartir con otros.

    Me atrevo a compartir un comentario por que, Desde mi mundo interpretativo, me ha sido difícil digerir esta publicación. Llegó a mis manos con la oración “Nos falta educación en el funcionamiento de las redes sociales” y me encuentro con una discursiva que olvida lo estudiado por el aclamado Burrhus Frederic Skinner y el reconocimiento de tipo variable en donde establece que “Cuando hacemos algo y recibimos a cambio una recompensa, tenemos mayor probabilidad de ejecutar de nuevo la conducta, especialmente cuando no sabemos cuántas veces tenemos que ejecutarla para recibir la recompensa”

    Creo que si hablamos de “educación para las redes sociales” no podemos entrar a juzgar lo que se publica en ellas. No lo considero adecuado ya que iría en contra del desarrollo de la personalidad y su comportamiento humano. Lo que sí considero adecuado es educar a través de la protección de mi persona y mi privacidad. Solo cuando perdemos la privacidad y nos vemos expuestos al bullying y al robo de identidad es cuando realmente valoramos el saber que compartir.

    Para terminar, es invaluable el poético recuerdo que guardas solo para tí y para los tuyos. Pero al igual que las peceras que muestran los demás, las palabras que se usaron para comentar un recuerdo solo para los tuyos han entrado en palabras a los resultados algorítimicos a las búsquedas de google las cuales de seguro te importan para las estadistícas que manejas de tu página web. Así que ¿Qué tan privado queda este recuerdo ahora?

    Lorena M Olaya1 junio 2016

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