Paciencia con la Navidad

Se han acabado las Navidades. Han sido un par de semanas intensísimas, donde he utilizado toda la paciencia que, sabedor de lo que podía pasar, había ido acumulando con anterioridad. En mi caso, el puente de La Inmaculada marca el inicio de la recolección y, con mucho esfuerzo, a golpe de no utilizarla, voy llenando la caja de mis tesoros de un bien extremadamente preciado. Así, hasta la Nochebuena, intento mostrar una actitud distendida y relajada, tratando de relativizar las situaciones del día a día, para, a base de no utilizarlos, reunir aguante y acopiar toda la firmeza posible. Así es como trato de conseguir tranquilidad para enfrentarme a la intolerancia e impaciencia típicas de esta época del año.

Fiestas, comidas y cenas, miles de encuentros familiares, uno tras otro, sin ninguna medida, siempre con prisas. Todos quieren ver a los niños, hacerles gracias… y los niños, ¡están tan nerviosos los niños! Papá Noel, reyes, amigos invisibles… Venga ir de aquí para allá, sin cesar, con juguetes por todas partes. Saludos impuestos, sonrisas forzadas. No estoy diciendo que no lo disfrute, pero viene todo tan junto… Podríamos intercalarlo a lo largo del año y sería mucho mejor. Al menos, más descansado.
Todo, por otro lado, es demasiado intenso si hay niños pequeños. Menos mal que he estado un tiempo apilando paciencia, ya que tenemos un bebé de tan sólo siete meses en casa y, con ella, ¡que le vamos a hacer! Lío tras lío, sin parar de llorar, siempre llamando la atención y con la necesidad imperiosa de infinitas atenciones. Imposible no sufrir estrés. Imposible no estar de mal humor en según qué situaciones. Por supuesto, añadiremos también la confusión a la hora de dormir. No puedo dormir cuando quiero y tengo ganas, incluso esto me lo imponen. Dependencia del resto incluso para descansar. Cuando se acaban las comidas familiares, cuando los niños tienen que ir a dormir, cuando llegamos a casa… Qué cara de cansado tienes, te dicen. ¡Que saben ellos de mi cansancio! ¡No puedo escoger lo que quiero hacer con mi descanso! ¿Incluso me tienen que decir si estoy agotado o no? Extenuado quizás, pero impotente y enervado seguro. Abrumado por todo ello.
La hora de comer es otro de mis momentos preferidos. Tiempo y más tiempo delante de la manduca. Horas sentados, viendo desfilar platos. Entrantes, cazuelas, fuentes, guisados, tostados, recalentados… No soy muy comedor y tampoco me ha gustado nunca pasar demasiado tiempo en la mesa, por lo que el rato, de agradable, pasa a ser una eterna penitencia alimentaria. Tampoco lo entiendo. Si para arrepentirse ya tenemos la misa de Gallo. ¿Por qué mortificarse con la cena interminable de la Nochebuena si después en la iglesia tienen demasiado tiempo para mostrar su remordimiento?

Juguetes
MelisaTG via Foter.com / CC BY

Que la vida fuera un cuento, sería perfecto. Continuamente evadidos de la realidad, con mil fantasías y mucha imaginación. Siempre con ilusión, soñando y elucubrando. Pero si esto no puede ser a lo largo del año, ¿cómo tiene que ser en Navidad? Tiempo de ilusión dicen. Tiempo de recoger diría yo. De una recogida continua de juguetes y trastos para meterlos dentro de un saco de verismo. Lo que mis padres no saben es que no podía recogerlo todo. Porque para poder guardar parte de mis “trastos” dentro de mi caja de los tesoros, esa caja de madera donde guardo las cosas que encuentro más interesantes, tenía que esperar a vaciarla de la paciencia que había recopilado previamente. Para un niño de cuatro años, la paciencia no es infinita. Y menos mal, ya que si lo fuera, nunca habría podido vaciar la caja y mis padres lo habrían acabado tirando todo a la basura.
Los niños hacemos cosas de niños. Por eso somos tan agotadores. No obedecemos a la primera y queremos jugar siempre. Parar a comer o a dormir es una pérdida de tiempo. Nunca tenemos prisa ni necesitamos hacer muchas cosas. Nos gusta hacerlas a nuestro ritmo y, por supuesto, no es cosa nuestra hacerlas bien. Necesitamos vuestra atención, que nos respetéis más y que nos dediquéis más tiempo. Y como sí que es cosa de adultos exigir que las cosas se hagan bien, espero que podáis tenerlo en cuenta para la próxima, ya que educaros requiere una ingente cantidad de firmeza infantil.

Imagen portada: kevin dooley via Foter.com / CC BY

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